Sobrevivir Malvinas

“Si me quedo acá me matan”, pensó Luis Aparicio y se incorporó para salir, pero su compañero lo sentó de una trompada. ¿Saldrían con vida? Algo es seguro, de sobrevivir ya no serían los mismos. La historia de Luis Aparicio y otro método de tortura de la última Dictadura Cívico-Militar, en la tercera parte (3/3) del adelanto del libro Sobrevivir Malvinas.

* Ilustración: IlustraZom.
* Esta nota es la continuación de Bienvenido a Malvinas.

La noche del 10 de junio el frío era insoportable, la temperatura se mantenía en la barrera bajo cero y una tenue escarcha caía sobre los soldados argentinos, que se mantenían alerta, el radar había captado movimientos extraños. Algunos se acomodaban sobre unas piedras y otros sobre la turba, aguardando con serenidad la inminente llegada del enemigo. Juan Domingo Baldini caminaba alrededor de las posiciones, mientras los soldados lo miraban de reojo, con espanto, todos sabían quien era, por padecimiento propio o por comentarios. Sin embargo, él era la autoridad y como tal, todos lo escuchaban con atención.

—Hoy tienen que estar despiertos soldados, Dios los puso acá en la montaña con un objetivo en común, derrotar al enemigo inglés. Los de las ametralladoras ¡disparen al frente, carajo!

Los soldados a cargo de las ametralladoras MAG dispararon ráfagas hacia adelante interrumpiendo el silencio habitual de la montaña, pero no hubo respuesta. Cuando escuchaba los disparos, Luis cerraba los ojos y respiraba hondo, quería que todo se terminara. “Había venido una patrulla de ingleses, hicieron una avanzada, eligieron donde atacar, pero se volvieron. El radar los había captado. Estuvimos esperando un ataque que no llegó”, declaró Luis.

Al día siguiente, 11 de junio por la tarde, el radar captó nuevamente movimiento. Baldini dio la orden de disparar hacia donde se sospechaba que vendría el enemigo y una vez más el desconcertante silencio los confundía. La calma era preocupante, la luz del sol desaparecía para dar lugar a una oscuridad que se tornaba irrespirable y producía pánico en los soldados. “Se dispararon ráfagas hacia adelante pero como no hubo respuesta pensaron que eran animales… La cuestión es que sí eran los ingleses”, enfatizó.

A las nueve de la noche dos regimientos de 700 soldados ingleses tomaban por asalto la montaña y a los 50 soldados argentinos que la custodiaban hacía casi dos meses. Las bengalas iluminaron el río de piedras del Monte, y después la balacera, la violencia de los fusiles y la cadencia de las ametralladoras se mezclaron con los gritos que pedían refuerzos, auxilio y clemencia. Las MAG argentinas no dejaban de disparar un instante, con un ritmo ensordecedor. La artillería inglesa contestaba ampliando la estridencia. “Ellos nos desbordaron, eran un regimiento contra una sección. Se armó un tiroteo y yo no sabía qué hacer, si salir del hormiguero en el que estaba, disparar o correr. Hubo casos de flacos que los mataron saliendo o disparando y otros que murieron en la posición. Los ingleses también venían a matar o morir, eso también hay que tenerlo en cuenta”, confesó.

Luis resistía desde su posición, nada podía hacer ante la cantidad de ingleses que iban dispuestos a destruir todo lo que encontraran. El cañón no funcionaba y disparar con una pistola 9mm era inútil. Ante tal desconcierto, preguntaba a Díaz y a sus jefes qué hacer, cuál era la orden a seguir. Nunca contestaron y cuando encontraron la posibilidad huyeron y bajaron del Monte, dejando a sus soldados abandonados, a la deriva, más que antes. No había más indicaciones, solo intuición para sobrevivir. “Todo era blanco, negro y rojo. Los ingleses tiraban granadas que parecían cañonazos y explotaban al lado nuestro. Se nos desmoronó la posición. Gritos en inglés, en castellano, el traqueteo de las armas, fue todo en un instante. Sentía un terror increíble, veía los pies de ellos que pasaban al lado nuestro, tirando, nunca terminaban de pasar. Luego, el silencio”, recordó.

Luis quería salir de la posición, la incertidumbre lo asfixiaba. “Si me quedo acá me matan”, pensaba. Se incorporó para salir y Juan Andreoli lo sentó de una trompada.

—¿Qué hacés, boludo? — preguntó Luis mientras se refregaba la nariz.

Su compañero negó con la cabeza y le pidió que hiciera silencio. Las detonaciones eran cada vez más esporádicas, todo indicaba que lo peor había concluido. Una leve brisa acarició el monte sofocando las pequeñas fogatas producidas por el bombardeo, transportando el humo hacia otra dirección. Aún permanecía en el ambiente el olor a pólvora, humedad y tierra mojada. Ellos continuaban sigilosos dentro de la posición, no esperaban órdenes, sabían que sus superiores se habían retirado hacía ya mucho tiempo.

El silencio era absoluto, se miraron y decidieron salir. Asomaron las cabezas y no tuvieron tiempo de ver a su alrededor que un grupo de soldados ingleses se acercaban hacia ellos. “Es en ese momento cuando los ingleses nos encuentran y nos sacan de la posición. Nosotros estábamos tan adelante que si no se daban cuenta nos pisaban la cabeza”, contó.

Los ingleses eran altos, fornidos y sus caras expresaban rudeza. Luis levantó las manos en señal de rendición y bajó su cabeza, ya no quedaba más nada por hacer. Un soldado de tez oscura tomó a Luis del cuello y lo zamarreó de un lado a otro, golpeó sus costillas y su rostro, le quitaron la ropa y los pocos billetes que conservaba en el bolsillo del pantalón. Luis se arrodilló con las manos en la nuca y esperó el disparo del soldado que lo apuntaba en la cabeza. Cerró los ojos y escuchó al fusil gatillar en falso. Respiro hondo. El grupo de soldados reía ante la escena, se sentían vigorosos por haber ganado terreno en la montaña.

—Come here, soldier — indicó un inglés de pelo rubio y ojos azules, mientras accionaba la corredera de una 9mm.

Luis bajó de la montaña escoltado por un grupo de soldados ingleses, con las manos en la espalda y la cabeza gacha. No tenía fuerza en su cuerpo, entumecido por el frío y el hambre de días sin probar bocado. Le dieron unas fuertes patadas en el culo y cambió el ritmo. La montaña era empinada y al bajar se trastabillaba con las piedras que se inmiscuían con la turba. Le dolían las patadas y los golpes en las costillas pero no decía nada, solo caminaba. Llegó a la base del Longdon, donde se hallaba el puesto comando inglés. En el lugar había un tractor con orugas y movimiento de militares que se dirigían hacia distintas direcciones. Un hombre con vestimenta de camuflaje se acercó hacia él, con una linterna encendida en la mano y un mapa de curvas de nivel de la zona.

—Where are the mines? —preguntó un tanto irritado, iluminando el mapa con la linterna.

—I don’t know, we didn’t put them —respondió negando con la cabeza.

Luis sabía hablar correctamente el inglés, había aprendido rápidamente en la escuela secundaria.

—Where are the mortars 120, soldier? —volvió a preguntar un tanto ofuscado, pensando que le hacía perder el tiempo.

—I don’t know, I’m just a soldier, two months here —señaló mientras un inglés apretaba el caño del fusil contra su espalda.

El hombre se dirigió hacia donde estaba el tractor, Luis lo seguía con la mirada, temía que algo malo le pasara. Volvió hacia donde estaba él, lo tomó fuertemente del pelo y le susurró al oído.

—There are more soldiers?

Luis asintió y puso su vista en dirección a la cima del monte. Sabía que en una posición cercana a la suya habían quedado compañeros. Subir el monte no era nada alentador, el estómago le dolía y tenía el cuerpo entumecido por el frío característico de junio. Mientras subía escoltado por los soldados ingleses pensaba ¿y si los matan? Un escalofrío recorrió su cuerpo, el corazón le palpitaba rápido, imaginaba escenas posibles de fusilamiento. Cuando llegó a la posición, una estructura de piedras con un paño de carpas que funcionaba como techo, se dirigió hacia sus compañeros.

—Salgan muchachos, está lleno de ingleses por todos lados…

Se oyeron ruidos metálicos dentro de la posición, nadie contestó. Jorge Suárez estaba comiendo lo que quedaba de una lata de carne. Luis miró al tipo camuflado y éste le hizo un ademán para que insista el pedido.

—Salgan, por favor muchachos.

Los soldados argentinos salieron con las manos en alto, arrastrando las piernas, errantes y con los rostros embarrados. Un inglés desenganchó inmediatamente una granada de su uniforme, le quitó el seguro y la lanzó dentro de la posición. La explosión hizo volar la estructura de piedras, dejando a los soldados argentinos aturdidos luego del imponente estruendo. Seguido, se dirigieron a la posición de los cabos, preguntaron a Luis si en el lugar quedaban personas y él contestó negando. Para asegurarse, el inglés quitó el seguro a la ametralladora, la accionó e hizo una barrida de disparos hacia el interior del emplazamiento.

El panorama desde arriba era desolador, soldados muertos, vestigios metálicos incrustados en la tierra, cráteres producidos por las bombas llenos por el agua de lluvia y restos de munición esparcidos en el terreno. Los combates se extendieron hasta la mañana del 12 de junio, pero cualquier ataque era inútil: los ingleses habían tomado por completo a la compañía B del Regimiento 7, y a la compañía C, que había intentado una contraofensiva. La batalla había terminado, el Monte Longdon, punto estratégico por su proximidad a Puerto Argentino, ya estaba perdido.

La foto de los prisioneros

Luis estaba junto a sus compañeros, sentado sobre unas piedras puntiagudas, prisionero de los ingleses, sin saber cuál sería su destino. Los ingleses los apuntaban con fusiles, los escupían e insultaban por lo bajo demostrando que habían triunfado, que ahora ellos eran los dueños de la Isla. A unos metros, otros soldados argentinos estaban recostados en una pared de piedras, en la misma situación, con caras meditabundas, acongojados al verse unos a otros en esa situación. Los ingleses iban y venían, con los muertos en andas, pero con sus semblantes férreos y radiantes, la misión estaba cumplida.

Un hombre con campera marrón camuflada pasó por al lado de los prisioneros, casi sin prestar atención. Unos metros más adelante detuvo su paso, se volvió, y contempló con mayor atención las caras sucias de los soldados argentinos, con curaciones, angustiosos y otros enajenados. Tomó con sus dos manos la cámara que llevaba colgada al cuello y sacó una foto. Luis miró a la cámara fijamente, sin ningún recelo, como diciendo acá estoy, estos son mis compañeros y este soy yo, dispará la foto, no tengo vergüenza. El hombre continuó su trabajo y siguió caminando entre las piedras hasta perderse en el Monte, mientras tanto a Luis lo invadía la incertidumbre sobre qué harían con ellos.

Le dieron una pala y le ordenaron hacer un pozo para enterrar a sus compatriotas que habían muerto en la posición de las ametralladoras. No tenía fuerza para levantar la pala, el cuerpo le dolía de los pies a la cabeza. El entierro fue en un lugar apartado, entre unas piedras. Los ingleses introdujeron los cuerpos en bolsas y un cura que había llegado junto a una delegación de la cruz roja, ofició una plegaria. Luis tapó los cuerpos de los dos compañeros fallecidos, mientras el suyo se estremecía de dolor e impotencia… morir tan jóvenes, pensaba. Como si fuera poco, unos aviones argentinos revoloteaban la zona y lanzaban bombas al Longdon, para ellos la guerra no había terminado. Los bombazos pasaban cerca y dejaban sordos a los soldados, que ya estaban vencidos, querían un punto final a aquella historia de terror que les había tocado vivir.

A lo lejos veía a sus compañeros hacer el pozo extenso para enterrar a los muertos, que estaban dispuestos en el suelo uno al lado del otro. Baldini estaba allí, su rostro, aunque pálido, no demostraba dolor. Según comentaban había salido de su posición disparando contra los ingleses, hasta que lo mataron. Antes de despedirse del Longdon, helicópteros ingleses se llevaban heridos de los dos bandos y soldados ingleses muertos. “Estaba desesperado cuando vi a los pibes ahí, me puse muy mal, Baldini me importaba poco. Estábamos sedados, éramos autómatas, y eso fue una cosa que me duró muchos días, porque después yo estuve preso en muchos lados”, contó.

A las cinco de la tarde del 12 de abril un helicóptero lo transportó hacia el Monte Dos Hermanas, donde había un grupo de correntinos que se habían rendido masivamente, estaban con el uniforme y contaban con alimento para unos días. Los ingleses decidieron pasar la noche en aquel lugar, a la intemperie, con una copiosa nevada que cubría la totalidad del Monte. Los correntinos tenían mantas, comida, cigarrillos y whisky. Luis y unos compañeros más quisieron meterse dentro de las mantas, uno de ellos los miró enojados.

—Salgan de acá, porteños de mierda.

Luis caminó toda la noche para no morir congelado, alrededor de los correntinos que dormían tapados hasta la cabeza.

Al día siguiente continuaron viaje y llegaron a media mañana hasta una estancia ubicada en Fitz Roy. Luis ingresó a un galpón donde esquilaban ovejas. Le dieron abrigo y un desayuno liviano, que se devoró en cuestión de segundos. El estómago le pedía más, no pensaba en otra cosa que no fuera comer. Pasó la noche allí y al día siguiente un helicóptero lo trasladó hacia Bahía San Carlos. Aquel terreno cercado con alambres de púa estaba repleto de soldados argentinos que caminaban como zombies, esqueléticos, perdidos y cabizbajos. Allí había una vieja cámara frigorífica abandonada donde ingresó por la noche. Era un lugar oscuro, de paredes gruesas y piso de cemento. Por momentos, el silencio de sus compañeros lo incomodaba, estaban abatidos, sin ningún consuelo. Uno de ellos desvariaba, tenía sarna, estaba pálido y se hacía pis encima. Luis comenzó a patear la puerta del lugar para dar aviso a los ingleses, que lo llevaron en andas mientras deliraba en el camino.

A la mañana siguiente los soldados argentinos salieron del antiguo frigorífico, a unos metros había una costa y lanchas amarradas, preparadas para salir. Mar adentro, un barco estaba listo para recibir a los prisioneros. Luis se subió a una de las lanchas, hasta llegar a una escalerilla de soga próxima al barco. “Vimos un rascacielos sobre el agua, era el Canberra. Entramos, era espectacular. Estuvimos en un camarote que era para cuatro personas, pero éramos seis. Dormimos dos en el piso y los demás en las camas. Ahí me afeité, me bañé y nos cambiamos. Nos dieron de comer y revivimos un poco, estábamos muertos de hambre”, recordó.

En el Canberra navegó durante cuatro días. Los soldados argentinos creían que los llevarían como prisioneros hacia otro lugar, hasta que escucharon al segundo jefe de Regimiento que informó que Argentina se había rendido y que volvían a casa. El 20 de junio el navío inglés amarró en Puerto Madryn. Antes de bajar por la escalerilla, los ingleses, como un gesto de honor, se colocaron a los costados mientras los soldados argentinos pasaban. Luis y sus compañeros se subieron a un camión, que al poco de iniciar el recorrido se detuvo. La gente del lugar quería ver a los soldados y ofrecerles pan y comida. Llegó a un lugar llamado Barraca Lausen, en donde se reencontró con compañeros que lo creían muerto. “Ahí nos contábamos ‘a este le pasó esto, a este le pasó lo otro’. Lo contábamos como si fuese una cosa de otro, que no nos había pasado a nosotros, insensibilizados”, dijo.

El próximo destino era el aeropuerto de Trelew, desde donde tomarían un avión hacia la base aérea de Campo de Mayo. En aquel lugar los militares se encargarían de alimentar a los soldados para, de alguna manera, encubrir parte de su indiferencia en Malvinas. Allí, Luis llenó un formulario de lo que debía y lo que no debía decir en su vuelta a La Plata, una síntesis de lo que había sucedido en Malvinas. Al día siguiente los micros de línea de La Plata los trasladaron hacia el Regimiento 7, donde los esperaban familiares y amigos.

El micro ingresó al Regimiento, su madre subió al micro con lágrimas en sus ojos. Luis estaba perplejo, no veía a su madre hacía meses. Ella lo miró abstraída, como si fuese un desconocido.

—¿Conocés a Luis Aparicio? —le preguntó mirándolo fijamente a los ojos.

—Vieja ¡soy yo! —contestó Luis, mientras se fundía en un abrazo interminable.