Una madre no olvida

Mujeres que dejan como herencia la fuerza, la rebeldía y la memoria. Angélica Chimeno Bauer, Madre de Plaza de Mayo, fue una de ellas. A días del 24 de marzo, la historia de una madre cuyo dolor la impulsó a buscar sin descanso a su hijo, nuera y nieta nacida en cautiverio. Un nuevo capítulo de “Detrás de las vías”, una investigación periodística de Julián Pilatti sobre lxs desaparecidos de Ayacucho, provincia de Buenos Aires.

Susana Pegoraro, horas antes de ser secuestrada en Constitución junto a su padre, llamó a Angélica para avisarle que no encontraban a Rubén. Le pidió que al día siguiente vaya a La Plata, se verían en las afueras del Hospital de Niños. Angélica cumplió con lo acordado, pero nunca encontró a nadie, ni a su nuera Susana, ni a su hijo Rubén. Más tarde sabría que ambos fueron secuestrados por esos días y que Susana estaba embarazada, por lo que era abuela de un bebé que con toda seguridad había sido apropiado.

La militancia de una madre

En su casa de siempre, ubicada en calle Brown y Solanet, Angélica dejaba muchas noches su reja de entrada abierta, por si Rubén volvía. Pero al despertar, la ausencia atroz de su hijo la obligaba a volver a la lucha, a seguir buscando, preguntando, viajando. La obligaba a seguir.

En 1984 conformó la Comisión de Derechos Humanos de Ayacucho, luego de que Hebe de Bonafini visitara la ciudad, y además su propia casa funcionó como filial de Abuelas de Plaza de Mayo en Ayacucho. En ella siempre hubo fotos y recordatorios de Rubén Bauer, pero también de sus suegras, Cristina Coussement y Susana Pegoraro.

A Angélica le habían arrancado un hijo, pero a pesar de ello pocas veces se la pudo ver insultando a los represores. Ella, como todas las Madres y Abuelas, siempre estuvo concentrada en contar quién había sido Rubén, a quien, muchas veces repetía, “algún día lo iba a encontrar”.

Angélica Chimeno de Bauer nació en la localidad de Lobería, en una familia compuesta por padres españoles. Cuando quedó embarazada de su segundo hijo, Rubén, se mudó a Ayacucho con su pareja y su primer Hijo, Alejandro. En los primeros años trabajó en un bar, y se acostumbró rápidamente a la idiosincrasia local por ser parecida a la de su ciudad de origen. Todo iba más o menos normal hasta aquel 24 de marzo de 1976.

—Con el golpe, ya se sabía lo que se venía. Había que ser muy zonzo como para no darse cuenta —dijo Angélica.

Como madre de un miembro de Montoneros, se interesó en las actividades de su hijo y acompañó como pudo. Varias veces se quedó a dormir en la casa donde Rubén y Cristina vivieron en Ayacucho, para que en el hogar se observara movimiento ante la ausencia clandestina de la joven pareja, que ya estaba siendo perseguida. También, la propia casa de Angélica sirvió como lugar de reunión de la organización.

Una noche de octubre

La noche del 22 de octubre de 1976, los militares se dirigieron con exacta información hacia la casa de Angélica, la rodearon con varios uniformados y pidieron que abran la puerta de inmediato. En la casa estaba Angélica, su marido, uno de sus hijos y otra mujer a la que le decían “Pety”, quien trabajaba en el domicilio.

Los militares revuelven algunas cosas, pero se concentran en hacerle preguntas a la mujer. A quien buscaban en realidad era a Rubén, pero él ya se había ido hacia por lo menos un año a Mar del Plata. A uno de sus hijos, Alejandro, lo llevan a Villa Aurora a “señalar unas casas”, y a Angélica le preguntan insistentemente sobre una encomienda que había recibido de José Martínez, otro de los buscados.

Fiel a la paranoia militar, intuyeron que la mujer les estaba ocultando algo y por eso mismo la secuestran. Afuera había algunas miradas curiosas, que se asomaban tibiamente desde atrás de una ventana sin luz, pero solo observaban cómo se llevaban a su vecina. Se llevaban a Angélica.

Esa misma noche allanan otras casas, como la de la familia Blanco, la de Simonetti, la de Bruggi. Pero solo se llevan a familiares de Bauer y Martínez, los dos más buscados. El diario La Verdad de Ayacucho tituló ese día: “Operativo anti terrorista en Ayacucho”.

Le ponen una capucha y la suben a un Falcon. Antes le habían pedido los documentos, pero Angélica sabía que dentro de estos había un papel que tenía un número de teléfono que podía ponerla en mayor peligro, por eso sin que la vean, deja que caiga en su cartera y solo se lleva el DNI.

Pero en medio del viaje, un neumático se pincha. La mujer se descompone y pide por favor que la dejaran ir al baño, pedido que los militares niegan. Sin embargo ante el reclamo reiterado de Angélica, la permiten ir al costado de la ruta, donde había unos pastizales altos. Fue allí cuando quizás ella pudo reconocer que se estaban dirigiendo hacia Mar del Plata, por la ruta 2. Dato clave para poder relacionar posteriormente el centro clandestino al cual la estaban llevando.

Antes de llegar, en una estación de servicio, la mujer escucha que uno de los militares había informado por el radio que “llevaban dos paquetes”. Eran Angélica y “Chuleta” Martínez, uno de los hermanos de José, a quien trasladaban en otro vehículo. A él lo detienen insólitamente porque había conservado un mensaje que le había escrito de puño y letra el mismo José, cuando este había pasado unos días en su casa, antes de que se fuera de Ayacucho nuevamente.

En la entrada de la ciudad dieron varias vueltas y finalmente ingresaron a un edificio, dejándola atada en “un salón muy grande”. Allí Angélica reconoció unas piernas de vaquero, el cual denotan una clara presencia de civiles en los lugares donde la tortura y la desaparición de personas sucedía naturalmente. Luego la hacen subir una escalera caracol, en donde la mujer creyó por algunos segundos que la iban a tirar. La meten en una pieza, la atan a otra silla y le sacan la capucha. Frente a ella había una mesa con cables. Angélica estaba segura de que la iban a torturar.

Uno de los que había participado del secuestro en Ayacucho, un hombre gordo, canoso y de bigotes, le decía de todo. La había hecho desnudar y la humillaba, mientras le seguía preguntando: Dónde está Rubén.

También, jugando con toda la información que tenían sobre Angélica, le dijeron que hablara, porque si no le iba a pasar lo mismo que a su suegra, Cristina. Asesinada hacia tan solo un mes en Bahía Blanca.

A la mujer la llevan a un calabozo, en donde pasa toda la noche, extremadamente tensa por lo que había vivido y atravesada por el frío húmedo de aquel lugar. Desde allí se podía escuchar la brisa calma de lo que parecían ser olas. Eso le permitió más tarde a Angélica saber que aquel lugar se trataba de un Centro Clandestino ubicado en el Faro de la ciudad. Luego le traen comida y una frazada. La mujer solo podía imaginar o rezar la vuelta a su casa, mientras escuchaba algunos ladridos de perros lejanos.

Antes de que aclare, la hacen subir a un nuevo vehículo y le dicen “que se arregle el pelo”: La estaban por liberar. En el camino hacia la terminal, le preguntan si conoce Mar del Plata y ella responde que no, por temor a que sospecharan algo, ya que esa ciudad era el lugar de encuentro con su hijo. Finalmente le dan dinero para el pasaje y la dejan cerca de la estación de colectivos.

Cuando regresó, Angélica sintió más indiferencia y rechazo de sus vecinos que nunca.

—La gente se preocupaba cuando yo salía, cuando me tomaba un colectivo, a ver qué hacía —exterioriza Angélica.

Esa fue la única vez que la secuestraron, pero desafortunadamente su casa recibió algunas otras “visitas”. Dos veces más los militares irrumpieron en su casa y en un tercer episodio, la propia policía local a cargo del oficial Gonzáles Pía, forzó una persiana y destruyó uno de sus vidrios, para poder entrar al domicilio y “desordenar todo”. Según familiares, los levantan a todos de la cama y al marido de Angélica le da un pre infarto. Situación que es atendida por el propio médico policial de entonces, Juan Córdoba.

Al siguiente día Angélica fue a la comisaría a denunciar el injustificado hecho y le contestaron que “habían recibido una denuncia de que Rubén se encontraba en una despensa cercana a su casa”, lo cual nunca se supo si fue una denuncia real o fue otro intento de hostigamiento para con su familia.

 “Tu hijo te espera”

Después de la desaparición de Rubén, Angélica estuvo casi un año sin moverse demasiado, por temor a que la búsqueda perjudique su situación. Pero un día, su hijo Hugo le trajo un recorte de diario sobre la existencia de una organización de madres, que en similar situación buscaban a sus hijos. Después de pensarlo un tiempo se decidió a participar de algunas reuniones en Buenos Aires y en 1979 ya se había incorporado formalmente al organismo.

Para una marcha que organizaba Madres, Angélica debió llegar temprano, o a lo sumo tarde, porque en la casa donde funcionaba la organización no encontró a ninguna persona. Cuando abrió la puerta observó en un pizarrón un mensaje para ella: “A la señora de Bauer: Su hijo la espera”.

Angélica sintió retorcijones y un calor fugaz en su rostro. Su hijo, su hijo la espera. Era la frase que ella sin saberlo tenía guardada adentro, porque su hijo no se había ido, no había desaparecido, la esperaba. Pensó que se trataba de Rubén, pero a los minutos alguien le aclaró que el mensaje era por su otro hijo, Hugo, que se había ido a dedo sin avisarle a su madre.

¿Cuántas veces Angélica habrá tenido similares esperanzas, que encendiéndose tan rápido, se apagarían con tanta crueldad?

Solo la ilusión de encontrar a su hijo la llenaba cada día para volver a salir a la calle, ir a las reuniones, viajar y volver a viajar. Después de eso, Angélica no gastaba energías en otras cosas, en cosas para ella. Una de sus amigas más entrañables, Ana Castiñeira, afirma al respecto: “Nunca la pude ver sonreír”.

En uno de los fragmentos del documental “Cumpas”, realizado por los hermanos Benitto de Ayacucho, Angélica expresa con toda desolación lo que para ella era ese intransferible deseo de encontrar a su hijo.

—Un día me tomé un colectivo hacia Berisso, yo iba atrás del todo, la gente se iba  bajando hasta que quedé sola. El colectivero me dijo que ahí terminaba el recorrido. Yo le dije que me lleve a La Plata de nuevo. Le expliqué que tenía un hijo desaparecido y me pareció que lo iba a encontrar ahí.

Tenía razón

Durante mucho tiempo, Angélica la peleó sola. Siendo quizás una “loca” más, pero ya no de la Plaza de Mayo, sino de Ayacucho. Cuando el país se hundía en el neoliberalismo salvaje y los despidos y las privatizaciones iban carcomiendo las entrañas de la sociedad, Angélica siguió buscando a su hijo. A pesar de los indultos a los militares, a pesar de la “teoría de los dos demonios” que imperaba en la gente, comparando el poder de fuego de una guerrilla diezmada, con la de todas las Fuerzas Armadas y el propio Estado.

Angélica siguió, con sus revistas de las Madres de Plaza de Mayo, con su mirada dulce, con su voz inocente, con su enigmática fe de poder encontrar a los que hoy siguen siendo desaparecidos.

Pero Angélica tenía razón. De tanto creer y luchar sí encontró a alguien: En el año 2008 la Justicia comprobó que Evelyn Vázquez se trataba en realidad de la hija de Rubén Bauer y Susana Pegoraro. La niña había nacido en la ESMA y a los días fue entregada al matrimonio de Policarpo Vázquez –ex Sub Oficial de la Armada- y Ana Ferrá. Ellos argumentaban que su hija había sido otorgada por “un don divino”, pero en realidad había venido de manos militares, manos con sangre, manos que aún hoy no dicen dónde están los otros cientos de niños apropiados.

Angélica encontró a Evelyn luego de que un conocido le avisara que en Mar del Plata había una chica idéntica a una de sus nietas de Ayacucho. Cuando viajaron a la ciudad para comprobarlo, nadie dudó de que ella fuera la hija de Rubén y Susana, pese a que todavía no existía la prueba de ADN para justificarlo.

Sin embargo, Evelyn, por entonces una joven de treinta años, nunca aceptó la posibilidad de conocer personalmente a su abuela. Esperanza que se difuminó cuando murió Angélica, en julio de 2014.

Siempre defendió a sus padres apropiadores y poco quiso saber sobre su verdadera identidad, pero un testimonio de su madrina confiesa lo más profundo en Evelyn. Durante mucho tiempo sus dudas y sufrimientos internos se expresaron a través de los sueños. Evelyn soñaba seguido con “una casa muy grande y rejas” y a su madrina le pareció que esa podía ser la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), sospechando desde hacía un tiempo sobre la identidad de la joven. Fue ella misma quien informó el caso a las Abuelas de Plaza de Mayo, a pesar de que estaba casada con un ex represor y en ese momento, un integrante de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE).

Además de eso, se sabe que Evelyn pasaba horas mirando el mar desde la vista de su departamento. Lo hacía en silencio, lo hacía sin moverse y sus lágrimas caían casi sin saber por qué.

Una abuela que nunca falta

A Angélica se la pudo homenajear en vida, declarándola ciudadana ilustre y poniendo su nombre en la biblioteca del Centro Cultural Juventud Unida de Ayacucho. Hoy también algunas paredes del pueblo la recuerdan y hay quienes opinan que debería tener su propia calle, como lo tienen varios compañeros en el barrio Villa Aurora.

Angélica Chimeno de Bauer, la “Madre y Abuela de Ayacucho”, como la recordaban sus compañeras de la organización. Una modesta mujer que no se desarmó ante el horror, que vivió con esa incógnita permanente que la acompañó a donde fuera, como una sombra. Una mujer al que otras madres y abuelas la recuerdan así:

Angélica es de las Abuelas del interior que nunca faltaban a un acontecimiento institucional. Para cada Asamblea Anual, aniversario, o brindis de fin de año, se tomaba el micro en la madrugada y llegaba tempranito a la sede de Capital, donde la recibíamos con mates y abrazos. Su tarea, solitaria al principio y con apoyo de la comunidad en los últimos años, la hicieron referente única de la filial Ayacucho de Abuelas de Plaza de Mayo (…) La Abuela de Ayacucho siempre fue una mujer aguerrida. En plena dictadura salió a buscar a su hijo y nuera por lugares desconocidos. A pesar de sus escasas salidas del pueblo, ni bien sospechó sobre la desaparición de los chicos no dudó en viajar a dedo, en plena noche, para buscarlos”.

Leé otro capítulo de “Detrás de las vías” acá.